Oh-oh-oh-oh-ohhhh
Hay canciones que vienen y se quedan. Sin más, sin pedir permiso. Canciones pegadizas que no sabemos de dónde viene (ni a dónde van). Qué importa saber quién soy, ni de dónde vengo ni por dónde voy. Canciones que no son nuestras pero que las hacemos nuestras. Las pronunciamos a nuestra manera y mandamos la fonética a paseo. Cachito cachito cachito mío. Son viejas o ¡quién sabe qué son! Nos apropiamos de ellas y les damos un nuevo significado a sus palabras. Un significado nuestro, por supuesto. Con nuestra fonética, con nuestra cultura. Quizá, quizá, quizá. Años después, con su desaparición descubriremos su origen. Y nos sorprenderemos al averiguar que siempre han sido más nuestras que suyas. Y como un mal amor, las aborreceremos hasta odiarlas. Pero como un mal de amor, no podremos abandonarlas y nos enterneceremos al averiguar que siempre han sido más nuestras que suyas. Y bailaremos al ritmo de la noche.
